Javier L. Mora: ·Matar al gato ruso·

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Lo que en realidad vemos es una explosión tan exacerbada de emociones-rabia, que parece que estamos frente al Gran Ridículo, el último posible, aquel que llamaríamos definitivo: la madre pretende ajustarle las cuentas al Estado, porque en su visión esquizofrénica ha tomado para ella la forma de un gato, un gato que ha sido puesto allí para vigilarla. Tal sería la línea principal —en una ojeada fácil, en una visión reduccionista del asunto— del Discurso de la madre muerta, de Carlos A. Aguilera. Pero lo importante es, sin embargo, lo que magistralmente se mueve detrás, y que solo comienza a aparecer en la medida en que la pieza que da título al volumen avanza hacia el final. (Ilustración: cortesía de Liber May.)

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