Ernesto Juan Castellanos: ·Interviú a Jorge (Papito) Serguera / ‘Los Beatles nunca estuvieron prohibidos en Cuba’·

No dejen de leer esta entrevista de hace unos añitos a uno de los artífices del despotismo, la censura y la mala ley castrista, el tristemente célebre Jorge (Papito) Serguera: “Yo entré a La Habana el 8 de enero de 1959 con un pelo largo que me daba por aquí. Y lo mantuvimos así hasta que nos pelamos. El pelo largo y la barba los inventamos nosotros mismos, los rebeldes. Y de pronto aquello fue una prohibición… ¿Qué tiene que ver el pelo con la gente o con sus ideas? ¿No te das cuenta de que la contradicción era demasiado grande? Mira, yo tampoco perseguí homosexuales ni los mandé para las UMAP. ¿Por qué la van a coger conmigo?” Traba, que no se rompe 😉

2 Respuestas a “Ernesto Juan Castellanos: ·Interviú a Jorge (Papito) Serguera / ‘Los Beatles nunca estuvieron prohibidos en Cuba’·

  1. hay que tener la cara muy dura, además de ser un hp para decir esto…

  2. Papito y Ernesto Juan conversan sobre bellas fruslerías, mientras, detrás, el oso duerme la siesta luego de haberse tragado la gran verdad.
    Atilio Caballero

    Confieso que mi desconcierto mayor no sobrevino en ninguno de esos momentos a lo largo de toda la entrevista, en los que el entrevistado mentía, se ocultaba, o se expresaba con arrogancia de rumble-fish barriotero, sino al llegar al final y leer la fecha de la entrevista (13 de abril de 2001), y, mucho más aún, al enterarme de que está tomada del libro John Lennon en La Habana with a little help from my friends, publicado por Ediciones Unión en 2005. No podía creerlo, en un primer momento, y sigo sin salir de mi asombro, por la sencilla razón de que no puedo explicarme cómo es posible que, a tenor de lo dicho por este hombre (Jorge Serguera) y, más aún, por lo que él mismo sugiere, nadie haya reaccionado hasta ahora. Una reacción pública y manifiesta, quiero decir. Porque aquí hay un asunto medular de nuestra historia reciente, que trasciende la mera prohibición gubernamental sobre un tipo de música: ese que tiene que ver con el autoritarismo y su relación con los medios de difusión; y, en su variante más lóbrega y stretta, ese que apunta a la capacidad que ha mostrado el Poder para solaparse en las instituciones y los funcionarios que las dirigen, para hacer recaer sobre ellos cualquier responsabilidad (¿culpa?) cuando se decida “cambiar de dirección”: así no son los “principios” o las “directrices” las que están errados, sino la capacidad de los funcionarios para aplicarlos/as.
    Porque esto último es algo que repite el entrevistado como un leit motiv a lo largo de toda la entrevista: yo no tuve la culpa…, no fui yo el que…, yo solo cumplía órdenes superiores, qué podía hacer… Argumento muy similar al que –salvando las distancias- utilizaron los militares de las tiranías latinoamericanas al ser juzgados en democracia. Aun así, el mismo Serguera –militar también– reconoce, sin reparar en su propia contradicción, que fue él quien elaboró la política que definía que se podía poner y que no en la radio y la televisión cubana por aquellos años; esa misma directriz que prohibía “la música en inglés” porque era “la música del enemigo”, era “nociva para la ideología”, distorsionaba la mente, atentaba contra la mejor construcción del Hombre Nuevo. Para enseguida intentar enmendar aquella felonía: “El problema es que aquello se convirtió en ley, en directiva, a lo mejor de la COR, a lo mejor del Partido Comunista de Cuba. Y hubo sanciones a los jóvenes, y hasta gente separada de la UJC y del PCC. Y ello también valía para el pelo largo. Ahora, ¿por qué me van a echar a mí la culpa del pelo largo, si no tengo nada que ver con eso, porque yo era de los barbudos y peludos de la Sierra Maestra? ¿Por qué la van a coger conmigo? ¿Por qué van a hacer recaer toda esa responsabilidad en Papito Serguera?”
    Ya volveré sobre estas preguntas del comandante Serguera. Ahora considero pertinente recordar que estamos hablando de uno de los momentos más tenebrosos y cruciales de la historia cubana reciente: 1967-1973, período que comprende su nefasto mandato al frente del ICR. Como puede verse enseguida, entre el comienzo y el final de la dinastía Serguera están las UMAP en pleno apogeo, el descalabro de la Zafra de los 10 Millones, el tristemente célebre Congreso de Educación y Cultura, el aún más triste “caso Padilla”, el llamado “¿quinquenio? gris”, la parametración, las deportaciones de campesinos del Escambray y la construcción de los “pueblos fantasmas” (Sandino y etc.), las “depuraciones” en los centros estudiantiles de nivel medio y superior, las acusaciones y condenas por “diversionismo ideológico” y un rosario de calamidades más de las cuales él, como máximo responsable en el país de hacer llegar el mensaje revolucionario a las masas, no podía estar ajeno. Sin mucho esfuerzo, uno puede imaginárselo apoyando fervientemente cada una de estas “iniciativas”. Es el período, también, del Mayo del 68 en París, de la Primavera de Praga, de las reivindicaciones sociales en medio mundo, de la guerra de Viet Nam, del gobierno de la Unidad Popular en Chile, el escándalo de Watergate, los mejores discos de Led Zeppelin y los Stones o el primer hombre en la luna…
    Será muy difícil precisar el daño estructural que la implementación de estas “políticas” ocasionó en el tejido social de nuestro país, condicionando la vida de tanta personas, condenándolas al desencanto, al ostracismo, al pavor, al odio o al exilio definitivo. Se ha comentado que el endurecimiento de la política interna cubana estaba condicionado por el recrudecimiento del embargo/bloqueo de las diferentes administraciones norteamericanas, aunque personalmente siempre he tenido serias dudas al respecto: en los momentos de mayor distensión –mandato de Carter, primer mandato de Clinton, segundo de Obama- la represión interna en Cuba apenas mermó.
    Pero esto es tema para otra reflexión. Sigamos ahora con el camarada Serguera. Y la insistencia del entrevistador en el asunto de la música, esa música moderna –Papito dixit-, o el affaire con Silvio Rodríguez a propósito de una mención de este a The Beatles en un programa en vivo que tenía en la televisión…
    Esa música, esa por donde entraba, como agua al coco, el virus ideológico. Serguera conmina a Ernesto Juan a que investigue y profundice si quiere saber “la verdad”: “A lo mejor vas a descubrir que yo era de los que estaba en contra de que se tomaran esas medidas. La música moderna se consideraba diversionismo ideológico. Y yo no inventé esa frase. Yo consideraba que eso era un error, un absurdo, un disparate, que la música no tiene barreras.” Y continúa: “Mira, siempre se puso música en inglés, pero no había una prohibición por escrito. Lo que había era… Mira, chico, ¿quieres que te explique el origen del mal? El origen del mal está en que los problemas culturales, cuando se ven impactados por la política, conducen a errores. Ahora bien, los problemas políticos son fundamentales antes de los culturales. ¿Y qué ocurre? La defensa de la Revolución lleva a decisiones que son acertadas o desacertadas. Toda decisión en la política es coyuntural. Si no, hubiera una receta para la política como la hay para hacer un huevo frito.” Voilà! Toda una declaración de “principios”. Un párrafo para guardar… (“La música moderna se consideraba diversionismo ideológico” –¿Quién/quienes la consideraban así?; “Yo no inventé esa frase” –quién la inventó?; “Lo que había era…” –¿qué era LO QUE HABÍA?; “…los problemas culturales, cuando se ven impactados por la política, conducen a errores” –¿¡No me digas’?!, y, además, ¿por qué la política TIENE que impactar en la cultura?..) En fin.
    Luego, hace una rápida referencia al hecho de que la presencia de algunos miembros del antiguo PSP en las altas esferas del gobierno de entonces entorpece la mejor comprensión del problema. Y añade: “Mira, yo no quería usar calificativos para no ofender, pero lo que pasó con los Beatles y la música en inglés fue que el ICR era un medio que estaba monopolizado por gente de la pseudocultura…”, para luego rematar con broche de oro: “… Si el problema es la reacción cultural mía, eso estaba determinado por las normas políticas impuestas por el sistema educativo, deficiente o no, que, afortunada o desafortunadamente, me tocó nacer, que es la del manbisado de Cuba”, toda una perla de oratoria cantinflesca-patriotera, y cuya intríngulis intenta resumir así: “Creo que fue una visión equivocada del problema por parte de algunos compañeros. Pero bien, uno también tiene que tener en cuenta eso, porque en la política tú no andas solo. Quiero decirte que en el problema mío de la dirección del ICR jamás interfirieron Fidel o Raúl. Ellos siempre respetaron mis puntos de vista, aunque a veces me plantearan algunas preocupaciones. Entonces estaba de moda aquella famosa cosa del diversionismo ideológico.” Solo esto: nótese cuán cerca están en sus recuerdos los nombres de Fidel o Raúl de la alusión al estigma del “diversionismo ideológico”.
    Poco después, el funcionario dice, como compungido, que, no obstante a sus “esfuerzos”, “…esa política perduró y, sin embargo, aún no se sabe quién es el culpable”. Y a continuación vuelve a lanzar otro de sus dardos emponzoñados, hablando del milagro sin mencionar al santo: “Déjame decirte lo siguiente. Yo oigo a Los Beatles y los he oído toda la vida. Ahora bien, había dirigentes nacionales que estaban en contra, no de ellos, sino de la llamada “música moderna”, que había cambiado los timbres y sonoridades de cuando éramos adolescentes. Y había otros que estaban en contra de la música cantada en inglés, porque según ellos deformaba la ideología. ¿Tú me entiendes, verdad? Era gente con mucha autoridad. Era una presión increíble, porque era una presión poderosa.” Aquí el puctum, como diría Barthes, está en las tres últimas frases; aquí retomo lo que avancé al inicio, medular según mi manera de ver el asunto: ¿quiénes eran esa “gente con mucha autoridad”? ¿Por qué era “una presión increíble (…) poderosa”?
    ¿¡Quienes eran?! es la gran pregunta, la cosa en sí, el Dasein heideggeriano, el pollo del arroz con pollo. La pregunta que ninguno de los implicados quiere responder. Una respuesta de aquellos que pueden darla, una réplica o incluso una refutación clara y honesta al respecto. Por lo tanto, nunca ha habido culpables, y todo queda flotando en una nebulosa nauseabunda y abstracta y general e intermedia –por los funcionarios (y cuán peligrosas se vuelven aquí las palabras general e intermedia). Porque no era solo un asunto baladí como pueden serlo las preferencias musicales; aquí un gusto específico implicaba una actitud, una posición ante los acontecimientos de ese “momento histórico”, casi una toma de partido: así de simple y de complejo. Y de terrible. Por ese simple gusto, por su reconocimiento público, podías ser expulsado de tu centro de estudios, de tu trabajo, denunciado por tu CDR, acusado de “problemas”…. Entonces pasaba de ser un simple asunto de preferencia musical a un problema político. Así de simple. Y otra vez, de terrible.
    Por eso, casi al concluir, afirma Serguera: “Ahora, te estoy diciendo que el problema no se estaba planteando en el terreno de la música, sino de la política. Y yo no tenía nada que ver con eso, pero tenía que responder disciplinadamente a los problemas políticos, porque uno no es revolucionario impunemente.” Y para dejar claro que él solo cumplía órdenes, que era solo una especie de intermediario entre el poder superior y la masa, añade: “Ahora bien, los rumores no hay quien los detenga. Había instituciones para discutir eso. ¿Por qué no se va a esas instituciones de origen a pedirles una explicación? ¿Por qué van a decir que todo eso dependió de Serguera, porque era el director del ICR? ¿Qué tengo yo que ver con eso? Vamos a hablar de manera institucional y a oírle a cada cual sus razones. … A mí me llamaban: ´¡Oye, no puede ser!´ ¿Y qué tú quieres que yo haga? Dime, ¿qué hubieras hecho tú?
    ¿Yo? ¿Qué hubiera hecho yo? Pues preguntarle: ¿quién era quien llamaba, dígame el nombre de ese o de esos que le llamaban? Según usted, esos serían entonces LOS VERDADEROS CULPABLES. Pero no, el entrevistador no se lo pregunta, y es posible imaginar que de hacerlo, tampoco hubiera recibido una respuesta, y prefiere entonces apelar a la “conciencia” del exfuncionario censor, preguntándole que, si realmente no estaba de acuerdo con todo aquél absurdo, por qué no trató de hacer entrar en razón a aquellos que consideraban que el pelo largo o la música en inglés, entre otras cosas, eran signo de debilidad ideológica. “Sí, lo hice, responde Serguera, y aún conservo algunas cartas que escribí a altos dirigentes de este país donde yo doy mi opinión sobre el tema.
    Pero no, no le respondieron. “Esas cosas no se responden”, concluyó.
    Una verdad contundente. Ucase, sentencia, pacto de sangre/silencio patriótico-revolucionario. Un estigma que sigue sobre nuestras cabezas. Y lo que es aún peor: imposibilidad absoluta de evidencia, pues si ni siquiera hubo una respuesta oral, imaginemos si va a quedar algún documento revelador. Como también podemos suponer que no habrá una disculpa –¿orgullo?, ¿prepotencia? ¿arrogancia socialista? ¿indolencia?–, pues como decía recientemente Iván de la Nuez en una entrevista para CTXT, Revista Contexto,2020, “Todo eso se ha relajado hoy, aunque el gobierno jamás se ha disculpado públicamente ni ha hecho la menor autocrítica de esos horrores que forman parte de nuestra ¨vida profiláctica¨”.

    Atilio Caballero

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