Ángel Esteban: ·Heberto Padilla y el discurso que lo aclaró todo·

Los escritores de finales de los sesenta y los setenta tendieron a aproximarse cada vez más a la autonomía de la palabra frente a la acción política o a su servidumbre, y a considerar que la propia utilización de la palabra ya era una postura crítica y una posición en el mundo y frente a las injusticias. Por eso, en Cuba, ya desde finales de los sesenta, meses antes de que estallara la primera polémica por el poemario de Padilla, la declaración final del Congreso Cultural de La Habana, de enero de 1968, insistía en que la Revolución es el acontecimiento cultural por antonomasia y en que defender la Revolución es lo mismo que defender la cultura. Mientras los artistas deseaban escapar al control, las dirigencias políticas exigían que el compromiso fuera revolucionario y radical, absoluto. De hecho, el mismo Benedetti, que desde el comienzo del proceso cubano había sido incondicional con la causa, y lo seguiría siendo, realizó una aportación que no sentó del todo bien en el espacio político: su texto «Sobre las relaciones del hombre de acción y el intelectual» solicitaba respeto para la acción reflexiva y teórica del intelectual, a quien no se puede acusar de «antiintelectual» por el hecho de no acomodarse a un objetivo práctico urgente o inmediato. Para seguir leyendo…

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