Ernesto Hernández Busto: ·Nombres. Del cuaderno de apuntes·

Exposición-homenaje a Jesse Fernández, mi preferido entre los muchos –y muy buenos– fotógrafos cubanos de su época. Protagonista de una de las anécdotas más simpáticas entre esa casi interminable lista de excusas que son las razones de exilio. Cabrera Infante tuvo el dudoso mérito de convencerlo para volver a Cuba después del 59. Poco después, Fidel Castro lo convirtió en su fotorreportero mascota –trabajando para varios periódicos y el suplemento Lunes de Revolución (¡qué nombre ese para encerrar toda una época!)–. Hasta lo obligó a acompañarlo en la sigilosa misión de descubrir una conspiración armada, alentada por Trujillo, que llegó a desembarcar en costas cubanas. Muy pronto Jesse empezó a oler los vapores del azufre que emanaba el Máximo Líder. “Todo el que estaba muy cerca de él –contará años después– terminaba muerto o desaparecido, era como una maldición”. Se le ocurrió entonces lo que Cabrera describe como “un hábil subterfugio”: en una de esas expediciones como reportero al servicio de la Causa, dejó caer su Leica desde un helicóptero y dijo que necesitaba ir urgentemente a Nueva York a comprar otra. Por supuesto, le dieron los permisos correspondientes y hasta le pagaron el pasaje. Nunca regresó. Para seguir leyendo…

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